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23 May

LA EUCARISTÍA, VIDA Y FORTALEZA DEL VOLUNTARIADO CRISTIANOLA EUCARISTÍA, VIDA Y FORTALEZA DEL VOLUNTARIADO CRISTIANO

MENSAJE DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL CON MOTIVO  DE FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI, DÍA DE LA CARIDAD

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La Comisión Episcopal de Pastoral Social con motivo de la Festividad  del Corpus Christi, Día de  Caridad, que se celebra el 26 de junio próximo, ha hecho `público el siguiente Mensaje:

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“Estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). Estas palabras del Señor Jesús centran nuestra atención y compromiso este año en la fiesta del Corpus Christi cuando la Comunidad Europea celebra el Año Europeo del Voluntariado. Dos celebraciones que para nosotros, cristianos, no resultan entre sí extrañas ni indiferentes, sino muy relacionadas y mutuamente implicadas.

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En el misterio de la Eucaristía hacemos memoria de la vida del Señor entregada hasta el extremo, hasta darlo todo,  hasta hacerse Cuerpo entregado y Sangre derramada1[1]. Como dice Benedicto XVI, «cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero»2[2]. Y en el acto oblativo de Jesús, hacemos también memoria de todos los hombres y mujeres que saben hacer entrega de su tiempo, su trabajo, su servicio, su vida en favor de los hermanos3[3]. Por eso, cuantos creemos en Jesús y hemos decidido hacer de nuestra vida una vida entregada con Él al servicio de los otros, encontramos en la Eucaristía la fuente y el alma de nuestro voluntariado.

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1.- Reconocemos y agradecemos la generosidad del voluntariado cristiano.

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Al hacer memoria de esta estrecha relación entre Eucaristía y voluntariado el primer sentimiento que surge en nosotros es de reconocimiento y gratitud. Reconocimiento sincero porque somos una Iglesia rica y generosa en voluntariado, cosa que podemos afirmar mirando la presencia de los cristianos allí donde hay pobres, enfermos, personas abandonadas y seres humanos excluidos.

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La Iglesia es en sí misma como un cuerpo hecho de miembros que ponen  cada uno lo mejor de sí mismo al servicio de los otros: unos su capacidad de enseñar, otros su don de profetizar, otros su don de curar, otros su don de servir a los más pobres y repartir el pan, todos su capacidad de amar4[4]. Hasta tal punto es así que la Iglesia no se comprende a sí misma sin esta multitud de servidores en la que se expresa su identidad más honda de ser «como un sacramento o  signo e instrumento de la unión íntima de los hombres  con Dios y de todos los hombres entre si»5[5].

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Los cristianos sabemos que amor a Dios y amor al prójimo son inseparables6[6] y que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios»7[7]. Esta fusión de estos dos amores es la que hace de nosotros una comunidad en la que cada uno pone su vida al servicio de los otros, sea de manera espontánea e individual, sea de manera comunitaria y organizada, de tal modo que bien podríamos decir que el voluntariado es el modo de ser connatural de todo cristiano.

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Por eso, queremos tener una palabra de gratitud para todos los que ponéis vuestra vida de manera voluntaria y gratuita al servicio de los otros en los múltiples servicios de la comunidad cristiana: sea como catequistas, educadores, servidores de la Palabra, responsables de movimientos, servidores del bien común en el compromiso público-político y en la atención a los pobres.

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2.- La Eucaristía, memoria de Jesús y del servicio a los pobres

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Al contemplar a Jesús en el sacramento de la Eucaristía recordamos y actualizamos lo que él dijo e hizo en la Última Cena con sus discípulos: «Haced esto en memoria mía»8[8]. Una memoria que encierra y actualiza toda su vida: sus palabras, sus gestos, su cercanía a los pobres, su entrega hasta  la cruz y su resurrección.

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El Evangelio de Juan no incluye la narración de la institución de la Eucaristía y nos presenta en su lugar el lavatorio de los pies que finaliza con estas palabras de Jesús: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»9[9], un mandamiento que evoca el otro de «haced esto en memoria mía» y con el que  Jesús explica de modo inequívoco el sentido de la Eucaristía10[10].

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Celebrar la Eucaristía y estar al servicio de los otros, en especial de los pobres, son dos formas inseparables de recordar a Jesús. Así lo expresa Pablo en el primer relato que tenemos de la Eucaristía al corregir a sus cristianos diciéndoles: «cuando os reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor,  pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho»11[11].

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La autenticidad de la Eucaristía se refleja en gran parte en  «un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna»12[12], de modo que celebrar la Eucaristía es también hacer memoria de los pobres y de las pobrezas de la sociedad.

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3.- La Eucaristía, alimento del espíritu del voluntariado

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Puesto que Eucaristía y servicio a los pobres son inseparables, los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social os invitamos a todos los voluntarios, de manera especial a quienes dedicáis vuestro voluntariado al servicio caritativo y social,

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a alimentar vuestra vida en la comunión eucarística y en lo que ésta significa. Y junto con nuestra palabra de aliento, os queremos hacer llegar también nuestra afectuosa exhortación en este día:

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a)    Vivid vuestro voluntariado como una verdadera vocación y misión.

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Habéis sido ungidos por el Espíritu para ser Buena Noticia para lo pobres13[13]. Sentios llamados y enviados por el Señor en el seno de la comunidad cristiana para ser manifestación y testimonio del amor de Dios. Sentid que vuestro servicio, como vocación divina, es un verdadero ministerio de la caridad tan digno y necesario en la Iglesia y en el mundo como cualquier otro. Y no olvidéis que este servicio os compete de manera individual, pero es también tarea que compete a toda la comunidad eclesial14[14]. Vivid, pues, vuestro voluntariado como una verdadera  vocación y vividlo muy en comunión con la vida y misión de vuestra comunidad cristiana.

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b)    Alimentad en Cristo vuestra espiritualidad.

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Una caridad sin Espíritu no será nunca una verdadera caridad15[15]. Y la espiritualidad que da consistencia a nuestra caridad es trinitaria y es eucarística16[16]. Su fuente está en la experiencia del amor de Dios y en la vivencia de la Eucaristía. El servicio de la caridad «es amor recibido y ofrecido»17[17], por eso necesita personas capacitadas profesionalmente pero, sobre todo, necesita personas configuradas con Cristo en la dinámica de su entrega18[18]. Sólo así se puede mirar a los pobres con los ojos de Dios y amarlos con el corazón de Dios. No caigáis nunca en la tentación de vivir el servicio caritativo y social sin la experiencia de Dios en la Eucaristía y en los hermanos.

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c)    Trabajad por la justicia y trascendedla con la gratuidad.

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Trabajamos por la justicia y hay que dar a cada uno lo “suyo”, lo que le pertenece, lo que le corresponde en justicia. Pero “la caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”19[19].

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Debemos sentirnos motivados por la caridad para dar a los necesitados aquello que deberían recibir de otros en justicia, y que les falta a causa de la torpeza humana. Vosotros sois testigos para el mundo de que es posible y hace feliz la experiencia de la gratuidad, la experiencia de dar gratis lo que gratis habéis recibido y de trascender la justicia con la gratuidad y la misericordia20[20].

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d)    Promoved siempre el desarrollo integral.

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Es necesario recuperar la centralidad y el protagonismo de la persona y promover su desarrollo integral. El auténtico desarrollo humano afecta a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones, material y espiritual, individual y comunitaria, natural y sobrenatural21[21]. Este servicio a la persona es fundamental en una cultura que limita el horizonte del desarrollo al ámbito material o que reduce el alma humana a lo psíquico y emocional22[22]. Estad atentos a todas las dimensiones que configuran la dignidad de la persona y trabajad para que ésta pueda desarrollarse en toda su integridad.

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e) Colaborad en la reconstrucción de la verdad, de la justicia y el amor

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En la actualidad, cuando de nuevo se recrudecen los problemas económicos y de convivencia en tantas poblaciones del mundo y en nuestra propia sociedad, queremos invitaros con palabras de la encíclica Mater et magistra, cuyo 50 aniversario celebramos, a “la reconstrucción de las relaciones de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor… ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la

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dignidad que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación divina23[23]”

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f)     Y vosotros, los  jóvenes, descubrid el valor de una vida hecha servicio

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Por último, cerca ya de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid el próximo Agosto, os invitamos a vosotros, los jóvenes, a abrir los oídos y el corazón a las palabras que os dirigirá el Santo Padre y a descubrir el voluntariado como un camino gozoso de servir a Dios y a la humanidad respondiendo con generosidad  a lo que la Iglesia necesita y espera de vosotros.

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Pedimos al Señor que nos conceda tener un corazón de voluntarios, de servidores de la comunidad, tal como nos lo enseñó el Señor que no vino a ser servido, sino a servir:

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Quiero ser, Padre, tus manos, tus ojos, tu corazón.

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Mirar al otro como Tú  le miras:

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con una mirada rebosante de amor y de ternura.

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Mirarme a mi, también, desde esa plenitud

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con que Tú me amas, me llamas y me envías.

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Lo quiero hacer desde la experiencia del don recibido

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y con la gratuidad de la donación sencilla y cotidiana

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al servicio de todos, en especial de los más pobres.

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Envíame, Señor,

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y dame constancia, apertura y cercanía.

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Enséñame a caminar en los pies del que acompaño y me acompaña.

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Ayúdame a multiplicar el pan y curar las heridas,

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a no dejar de sonreír y de compartir la esperanza.

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Quiero servir configurado contigo en tu diaconía.

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Gracias por las huellas de ternura y compasión

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que has dejado en mi vida.

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En tu Palabra encuentro la Luz que me ilumina.

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En la Oración, el Agua que me fecunda y purifica.

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En la Eucaristía el Pan que fortalece mi entrega y me da Vida.

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Y en mi debilidad, Señor, encuentro tu fortaleza cada día.

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Amén

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MENSAJE DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL CON MOTIVO  DE FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI, DÍA DE LA CARIDAD

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La Comisión Episcopal de Pastoral Social con motivo de la Festividad  del Corpus Christi, Día de  Caridad, que se celebra el 26 de junio próximo, ha hecho `público el siguiente Mensaje:

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“Estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). Estas palabras del Señor Jesús centran nuestra atención y compromiso este año en la fiesta del Corpus Christi cuando la Comunidad Europea celebra el Año Europeo del Voluntariado. Dos celebraciones que para nosotros, cristianos, no resultan entre sí extrañas ni indiferentes, sino muy relacionadas y mutuamente implicadas.

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En el misterio de la Eucaristía hacemos memoria de la vida del Señor entregada hasta el extremo, hasta darlo todo,  hasta hacerse Cuerpo entregado y Sangre derramada1[1]. Como dice Benedicto XVI, «cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero»2[2]. Y en el acto oblativo de Jesús, hacemos también memoria de todos los hombres y mujeres que saben hacer entrega de su tiempo, su trabajo, su servicio, su vida en favor de los hermanos3[3]. Por eso, cuantos creemos en Jesús y hemos decidido hacer de nuestra vida una vida entregada con Él al servicio de los otros, encontramos en la Eucaristía la fuente y el alma de nuestro voluntariado.

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1.- Reconocemos y agradecemos la generosidad del voluntariado cristiano.

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Al hacer memoria de esta estrecha relación entre Eucaristía y voluntariado el primer sentimiento que surge en nosotros es de reconocimiento y gratitud. Reconocimiento sincero porque somos una Iglesia rica y generosa en voluntariado, cosa que podemos afirmar mirando la presencia de los cristianos allí donde hay pobres, enfermos, personas abandonadas y seres humanos excluidos.

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La Iglesia es en sí misma como un cuerpo hecho de miembros que ponen  cada uno lo mejor de sí mismo al servicio de los otros: unos su capacidad de enseñar, otros su don de profetizar, otros su don de curar, otros su don de servir a los más pobres y repartir el pan, todos su capacidad de amar4[4]. Hasta tal punto es así que la Iglesia no se comprende a sí misma sin esta multitud de servidores en la que se expresa su identidad más honda de ser «como un sacramento o  signo e instrumento de la unión íntima de los hombres  con Dios y de todos los hombres entre si»5[5].

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Los cristianos sabemos que amor a Dios y amor al prójimo son inseparables6[6] y que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios»7[7]. Esta fusión de estos dos amores es la que hace de nosotros una comunidad en la que cada uno pone su vida al servicio de los otros, sea de manera espontánea e individual, sea de manera comunitaria y organizada, de tal modo que bien podríamos decir que el voluntariado es el modo de ser connatural de todo cristiano.

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Por eso, queremos tener una palabra de gratitud para todos los que ponéis vuestra vida de manera voluntaria y gratuita al servicio de los otros en los múltiples servicios de la comunidad cristiana: sea como catequistas, educadores, servidores de la Palabra, responsables de movimientos, servidores del bien común en el compromiso público-político y en la atención a los pobres.

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2.- La Eucaristía, memoria de Jesús y del servicio a los pobres

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Al contemplar a Jesús en el sacramento de la Eucaristía recordamos y actualizamos lo que él dijo e hizo en la Última Cena con sus discípulos: «Haced esto en memoria mía»8[8]. Una memoria que encierra y actualiza toda su vida: sus palabras, sus gestos, su cercanía a los pobres, su entrega hasta  la cruz y su resurrección.

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El Evangelio de Juan no incluye la narración de la institución de la Eucaristía y nos presenta en su lugar el lavatorio de los pies que finaliza con estas palabras de Jesús: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»9[9], un mandamiento que evoca el otro de «haced esto en memoria mía» y con el que  Jesús explica de modo inequívoco el sentido de la Eucaristía10[10].

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Celebrar la Eucaristía y estar al servicio de los otros, en especial de los pobres, son dos formas inseparables de recordar a Jesús. Así lo expresa Pablo en el primer relato que tenemos de la Eucaristía al corregir a sus cristianos diciéndoles: «cuando os reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor,  pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho»11[11].

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La autenticidad de la Eucaristía se refleja en gran parte en  «un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna»12[12], de modo que celebrar la Eucaristía es también hacer memoria de los pobres y de las pobrezas de la sociedad.

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3.- La Eucaristía, alimento del espíritu del voluntariado

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Puesto que Eucaristía y servicio a los pobres son inseparables, los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social os invitamos a todos los voluntarios, de manera especial a quienes dedicáis vuestro voluntariado al servicio caritativo y social,

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a alimentar vuestra vida en la comunión eucarística y en lo que ésta significa. Y junto con nuestra palabra de aliento, os queremos hacer llegar también nuestra afectuosa exhortación en este día:

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a)    Vivid vuestro voluntariado como una verdadera vocación y misión.

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Habéis sido ungidos por el Espíritu para ser Buena Noticia para lo pobres13[13]. Sentios llamados y enviados por el Señor en el seno de la comunidad cristiana para ser manifestación y testimonio del amor de Dios. Sentid que vuestro servicio, como vocación divina, es un verdadero ministerio de la caridad tan digno y necesario en la Iglesia y en el mundo como cualquier otro. Y no olvidéis que este servicio os compete de manera individual, pero es también tarea que compete a toda la comunidad eclesial14[14]. Vivid, pues, vuestro voluntariado como una verdadera  vocación y vividlo muy en comunión con la vida y misión de vuestra comunidad cristiana.

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b)    Alimentad en Cristo vuestra espiritualidad.

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Una caridad sin Espíritu no será nunca una verdadera caridad15[15]. Y la espiritualidad que da consistencia a nuestra caridad es trinitaria y es eucarística16[16]. Su fuente está en la experiencia del amor de Dios y en la vivencia de la Eucaristía. El servicio de la caridad «es amor recibido y ofrecido»17[17], por eso necesita personas capacitadas profesionalmente pero, sobre todo, necesita personas configuradas con Cristo en la dinámica de su entrega18[18]. Sólo así se puede mirar a los pobres con los ojos de Dios y amarlos con el corazón de Dios. No caigáis nunca en la tentación de vivir el servicio caritativo y social sin la experiencia de Dios en la Eucaristía y en los hermanos.

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c)    Trabajad por la justicia y trascendedla con la gratuidad.

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Trabajamos por la justicia y hay que dar a cada uno lo “suyo”, lo que le pertenece, lo que le corresponde en justicia. Pero “la caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”19[19].

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Debemos sentirnos motivados por la caridad para dar a los necesitados aquello que deberían recibir de otros en justicia, y que les falta a causa de la torpeza humana. Vosotros sois testigos para el mundo de que es posible y hace feliz la experiencia de la gratuidad, la experiencia de dar gratis lo que gratis habéis recibido y de trascender la justicia con la gratuidad y la misericordia20[20].

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d)    Promoved siempre el desarrollo integral.

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Es necesario recuperar la centralidad y el protagonismo de la persona y promover su desarrollo integral. El auténtico desarrollo humano afecta a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones, material y espiritual, individual y comunitaria, natural y sobrenatural21[21]. Este servicio a la persona es fundamental en una cultura que limita el horizonte del desarrollo al ámbito material o que reduce el alma humana a lo psíquico y emocional22[22]. Estad atentos a todas las dimensiones que configuran la dignidad de la persona y trabajad para que ésta pueda desarrollarse en toda su integridad.

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e) Colaborad en la reconstrucción de la verdad, de la justicia y el amor

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En la actualidad, cuando de nuevo se recrudecen los problemas económicos y de convivencia en tantas poblaciones del mundo y en nuestra propia sociedad, queremos invitaros con palabras de la encíclica Mater et magistra, cuyo 50 aniversario celebramos, a “la reconstrucción de las relaciones de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor… ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la

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dignidad que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación divina23[23]”

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f)     Y vosotros, los  jóvenes, descubrid el valor de una vida hecha servicio

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Por último, cerca ya de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid el próximo Agosto, os invitamos a vosotros, los jóvenes, a abrir los oídos y el corazón a las palabras que os dirigirá el Santo Padre y a descubrir el voluntariado como un camino gozoso de servir a Dios y a la humanidad respondiendo con generosidad  a lo que la Iglesia necesita y espera de vosotros.

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Pedimos al Señor que nos conceda tener un corazón de voluntarios, de servidores de la comunidad, tal como nos lo enseñó el Señor que no vino a ser servido, sino a servir:

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Quiero ser, Padre, tus manos, tus ojos, tu corazón.

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Mirar al otro como Tú  le miras:

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con una mirada rebosante de amor y de ternura.

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Mirarme a mi, también, desde esa plenitud

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con que Tú me amas, me llamas y me envías.

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Lo quiero hacer desde la experiencia del don recibido

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y con la gratuidad de la donación sencilla y cotidiana

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al servicio de todos, en especial de los más pobres.

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Envíame, Señor,

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y dame constancia, apertura y cercanía.

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Enséñame a caminar en los pies del que acompaño y me acompaña.

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Ayúdame a multiplicar el pan y curar las heridas,

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a no dejar de sonreír y de compartir la esperanza.

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Quiero servir configurado contigo en tu diaconía.

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Gracias por las huellas de ternura y compasión

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que has dejado en mi vida.

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En tu Palabra encuentro la Luz que me ilumina.

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En la Oración, el Agua que me fecunda y purifica.

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En la Eucaristía el Pan que fortalece mi entrega y me da Vida.

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Y en mi debilidad, Señor, encuentro tu fortaleza cada día.

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Amén

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